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02 – El Mensajero

The dreaming, Dave McKean

The dreaming, Dave McKean

Julián era un hombre trabajador y responsable, un oficinista bastante ocupado, trabajando en una empresa importante. Todos los días se levantaba a primera hora de la mañana, antes de que el sol empezara a iluminar la ciudad, desayunaba, y salía para tomar el transporte público e ir de su casa al trabajo. Al finalizar el día regresaba a su hogar, sólo para cenar con su familia y dormir junto a su esposa. Él era un hombre normal, con una vida normal; algo demasiado rutinario y aburrido, para quien disfruta las emociones fuertes y la espontaneidad de lo inesperado. Aún así, él se sentía conforme con aquel empleo, ya que le daba una estabilidad social y económica que le permitía disfrutar de algunos lujos y salir de paseo con su esposa y su hija cada domingo. También, una vez al año, la empresa para la que trabajaba desde hace ya varios años lo recompensaba con dos semanas de vacaciones, entonces llevaba a su familia a algún destino turístico (cuya elección recaía casi siempre en su esposa), y así, él se alegraba de poder darle a su familia una vida tranquila y sin privaciones.

Pero Julián no disfrutaba su vida completamente. Los días se le hacían demasiado largos y, a veces, se hartaba un poco de vivir únicamente para trabajar y esperar sus días de descanso, semana tras semana, año tras año. Consideraba que a pesar de que a su familia no le faltaba nada, las satisfacciones y emociones que le daba la vida eran demasiado escasas, pero eso era algo que se guardaba para él mismo. Hay que ser realistas, no se puede ir por la vida anhelando caminos inciertos cuando se tiene una buena estabilidad económica, se decía a sí mismo e intentaba no pensar de más.

Sin embargo, aquel día de Noviembre fue distinto a todos los demás.

Él se despertó como cada mañana, antes de que el sol se asomara en el horizonte, se preparó unos huevos y un poco de café; aquella noche no pudo dormir bien, había soñado algo raro, tuvo pesadillas o algo así, no lo recordaba bien… aunque realmente no le interesaba demasiado pensar en esas cosas. Mientras terminaba de desayunar tuvo la vaga sensación de que aquel día sería parte de algo importante, pero antes de que pudiera asimilarlo miró el reloj y se levantó de la mesa rápidamente. “Ser parte de algo importante” esas palabras revolotearon por un segundo en su mente, aunque el hecho de haber vivido una vida tan rutinaria y simple por tanto tiempo había hecho de él una persona muy poco receptiva a esas señales que el universo da, señales que hacen que uno distinga unos días de otros, clasificándolos en una escala que va desde el “hoy no es mi día” hasta el “hoy tengo una cita importante con el destino”; pero tratándose de alguien como Julián, no es raro que haya subestimado la importancia de aquel día con un simple “creo que hoy me siento bien”, y sonriendo para sí mismo, frente al espejo, repitió: “no se porqué pero me siento bien, hoy será un buen día”.

Su esposa aun dormía. Él se acercó a la cama y se despidió de ella dándole un beso en la mejilla. Antes de salir del cuarto, volteó a verla y recordó cómo se habían conocido y enamorado, cuando eran apenas unos adolescentes; pensó que tal vez podría salir del trabajo unas horas antes y así poder llevar a su esposa a cenar a algún restaurante del centro, aprovechando que aquella noche, su hija se quedaría en casa de una amiga de la escuela. No era común para él pensar o planear cosas que salieran de la rutina establecida y volvió a pensar (un poco confundido aún) que, simplemente, ese era un buen día y él se sentía con ganas de hacer algo distinto; seguramente a su esposa también le extrañaría un poco, pero sería una agradable sorpresa, tener una cena romántica solo porque sí.

Y salió de su casa, dirigiéndose a su trabajo. La sensación que él había tenido desde el momento en que despertó era cierta, aquel día iba a ser completamente distinto a todos los demás: él sería parte de algo importante. Ya desde el momento en el que despertó, se había convertido en un pequeño engranaje dentro de un sistema complejo de eventos, por fin era parte de algo grande e importante… lamentablemente, para él, eso no significaba que fuera un buen día.

Salió de su casa y entró a una tienda que abría desde temprano, compró un periódico y se lo puso bajo el brazó mientras seguía caminando. Subió al colectivo, se sentó y empezó a leer el periódico; a esa hora muy pocas personas abordaban aquella ruta, así que había muchos lugares disponibles, se sentó en un asiento ubicado dos lugares detrás del chófer, que manejaba con la mirada siempre hacía adelante, escuchando las noticias de la mañana todos los días. Julián se sentía tan extrañamente feliz (quizá por saberse parte de algo importante, aunque este conocimiento solo fuera inconsciente), y mientras leía el periódico, comenzó a silbar la melodía de una canción que no lograba identificar, quizá la había escuchado en la radio o en algún programa de los que veía su hija los fines de semana… no le dio mucha importancia y siguió leyendo y silbando alegremente.

El colectivo en el que viajaba tuvo que desviarse por unos trabajos de reparación que se estaban realizando en las calles por donde siempre pasaba, y Julián no notó el cambio de ruta hasta varias calles más adelante, así que tuvo que regresar caminando, pero eso no le molestó, aunque le pareció un poco extraño el haber confundido las calles y no haber notado el cambio de ruta. Mientras caminaba de regreso, volvió a silbar aquella canción. Otro hombre que había bajado del colectivo caminaba muy despacio, detrás de él, lo cual lo hizo sentir un poco incómodo, pero intentó ignorarlo y volvió a lo suyo, caminando y silbando, pensando en lo que haría aquel día.

—Bonita canción ¿se sabe la letra?— dijo aquel extraño, apurando el paso y acercándose más a él.
—No, la verdad es que ni siquiera recuerdo qué canción es— le contestó Julián, indiferente.
—Eso pensé.
—¿Usted se la sabe?
—No, aun no, es la primera vez que la escucho… pero continúe, por favor, y disculpe la interrupción.

La respuesta lo desconcertó un poco. Solo debía responder sí o no, no tenía porqué añadir el “aun no”. Aquel hombre caminó a su lado hasta la esquina, donde dio vuelta y siguió su camino, mientras Julián esperaba a que la luz del semáforo cambiara para poder cruzar la calle.

Para no seguir pensando en aquel sujeto extraño, intentó recordar la melodía que ya empezaba a disolverse en el inmenso mar de su memoria, en cuanto recordó la parte inicial volvió a silbarla. La había repetido dos veces ya, aunque con dos interrupciones también, cuando se dio cuenta del cambio de ruta bajó del colectivo, y cuando aquel hombre extraño se acercó para hablarle. Esta vez continuó silbando y llegó hasta la parte que faltaba, aunque él no lo sabía y tampoco lo notó. La luz del semáforo cambió y Julián avanzó. En ese momento, un auto que venía desde el otro lado de la calle perdió el control y golpeó directamente a Julián, arrojándolo varios metros en el aire, antes de que su cuerpo y su cabeza golpearan la acera de enfrente. El auto era conducido por un hombre que había sufrido un ataque al corazón y solo un poste de luz pudo detener su trayecto.

La gente se empezaba a reunir alrededor de aquel cuerpo sin vida que se desangraba en la acera, mientras otros se acercaban al auto que se había estrellado con el poste que se encontraba varios metros más adelante.

El hombre que se había acercado antes a Julián estaba llegando en ese momento a un parque que se encontraba cerca, tarareando la canción que había aprendido aquella mañana, incluyendo la parte final que Julián llegó a silbar unos segundos antes de morir, él alcanzó a escucharla usando métodos que había aprendido gracias al estudio y práctica de las “artes ocultas”, como a él le gustaba llamarlas.

Al final, Julián alcanzó a silbar la melodía completa, aquella que un hombre extraño, vestido de negro, le había enseñado en sueños, y que ahora llegaba por fin a su destinatario como un mensaje en una botella, era una lástima que, para que el mensaje no llegara por error a otros destinatarios, se tuvieran que deshacer del mensajero.

Después de tararear la canción un par de veces, aquel extraño hombre sonrió, el mensaje había llegado a su destino, y había sido descifrado con éxito. Había estado esperando muchos años ese mensaje, desde aquel día en el que su hermano fue expulsado de esta realidad y a él le fue negado el acceso al mundo de los sueños. Llevaba ya varios años sin dormir, sin soñar, pero no se desesperó, sabía que el momento llegaría y que era necesario prepararse para cuando eso pasara. Ahora, gracias a aquel tipo… ¿cuál era su nombre? bueno, no importa, el momento por fin había llegado, y una parte de este mundo estaba a punto de arder.

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